1 dic. 2016

REGRESO A AUSCHWITZ

Es con el corazón en un puño, acongojado, que entro en el recinto. Nunca he estado aquí antes, pero mi inconsciente parece reconocer todos los detalles, cada uno de los barracones, cada una de las verjas. Lo he visto en tantas películas y documentales que parece que ya haya estado aquí. Es verano, y un gran tilo da sombra con su espléndida copa de hojas que se mueven animadas por una ligera brisa. Pero no reconozco su color verde, como tampoco me relaja el césped raso de algunas partes. No me fijo tampoco en el rojo oscuro de los ladrillos con que se construyeron los barracones. Regreso a Auschwitz, en Polonia, y aquí los colores no importan. Todo parece estar en blanco y negro, como las películas que hemos visto y se nos han grabado con fuego en las involuciones de nuestro cerebro.
Regreso a Auschwitz
Duele andar por aquí, y uno puede sentir el sufrimiento del más de un millón de personas que murieron entre sus verjas bajo las atrocidades de los nazis por ser distintos: judíos, gitanos, comunistas, prisioneros de guerra, homosexuales,… La lista de los hombres y mujeres, ancianos y niños que perdieron la vida entre los alambres de púas que rodeaban el recinto es larga y espeluznante.
También hubo supervivientes, cuyos testimonios sirvieron para inculpar a los responsables alemanes, pero sobre todo, sirvieron para que el mundo conociera lo aterrador de la conducta de la Humanidad para con sus similares.
En realidad Auschwitz fue un conjunto de campos de concentración y exterminio, formado por tres grandes campos y casi cuarenta campos satélites más. De ellos, sólo dos permanecen aún visibles y están declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1979 para dar testimonio directo de lo que se vivió entre sus paredes.
El primero de ellos fue el original: Auschwitz I. En realidad era un campamento militar polaco del que se apoderaron los nazis al conquistar Polonia. Se ubicaba en el exterior del pueblo de Oświęcim, que los alemanes pasaron a llamar Auschwitz. Los pocos barracones fueron expandiéndose para convertirse en un campo de concentración y posteriormente de exterminio especialmente de judíos.
Lo más irónico del caso es que en el pueblo de Oświęcim, de solo 1.400 habitantes, la mitad de la población era judía. Incluso hoy en día puede visitarse una de las viejas sinagogas que superó el paso de los nazis. Muchos de los judíos del pueblo se refugiaron en el gueto de Cracovia para luego finalmente volver a su pueblo para morir en el campo de concentración.

Una siniestra frase daba la bienvenida a los prisioneros: “Arbeit macht frei” (El trabajo te hará libre). En realidad, el rótulo metálica encima de la verja de entrada infundía falsas esperanzas a quienes entraban. Salían a trabajar en las fábricas cercanas, pero no serían libres hasta que murieran o fuesen salvados por los aliados si ganaban la guerra. Hubo varios intentos de fuga. Más de 700 personas intentaron fugarse de Auschwitz a lo largo de los años, pero solo 300 lo consiguieron. Algunos entraron a propósito, como es el caso de Witold Pilecki, un componente de la resistencia polaca que se dejó apresar para poder mandar información al exterior desde dentro de Auschwitz. Después, fue de los que consiguió escaparse.
Arbeit Macht Frei en Auschwitz
Varios de los barracones están abiertos al público, y las exposiciones en su interior permiten comprender la historia del campamento, del nazismo y del exterminio ideado por Hitler. En su interior se respira un aire opresivo, estancado. Uno se puede imaginar la congoja de los centenares de personas que ocupaban cada habitación, medio tiradas en el suelo al principio, en colchones de paja, o amontonadas en literas incómodas después. Resistir, en Auschwitz, era una lucha contra el hambre, el frío, la enfermedad y el paredón de fusilamiento.
En varios de los barracones se muestran fotografías de los reclusos, tanto hombres como mujeres venidos de toda Europa, con sus ropas grises de franjas negras verticales. Prisioneros contra su voluntad. Los primeros prisioneros de Auschwitz fueron intelectuales polacos (murieron aquí hasta 70.000) y soldados rusos. Saltándose la Convención de Ginebra, muchos de los soldados capturados fueron asesinados en Auschwitz, ya fuera en el paredón de fusilamiento o en el sótano del barracón 11. Fue aquí donde en septiembre de 1941 las SS realizaron las primeras pruebas con el temible gas Zyklon B, que después se usaría a gran escala para asesinar a los prisioneros.
Latas de Zyklon B de Auschwitz
En uno de los bloques se ve una vitrina con botes vacíos del material reactivo que al añadir agua hacía desprender cianuro de hidrógeno. Al lado, una maqueta de cómo eran las cámaras de gas donde se metía a los prisioneros desnudos para asfixiarles.
–Auschwitz no es para todo el público –me dijo un polaco–. Yo nunca he ido y no pienso ir. Lleva mal karma. Ahí sufrió demasiada gente.
Auschwitz no es un lugar agradable de visitar. Pero es muy emotivo. Una de las visiones que más sobrecoge es la vitrina en la que se exhiben millares de cabelleras recortadas de las prisioneras que llegaban a Auschwitz. Algunas fueron cortadas al llegar, antes de cambiar la ropa por el uniforme de prisionero. A otras se les han descubierto trazas de cianuro, por lo que se sabe que fueron recortadas una vez muertas en la cámara de gas. Ancianas, madres, hijas, niñas,... Ahí hay cabelleras de todos tipos y todos los colores. Una imagen difícil de sacarse de la cabeza.
En otro barracón, el número 10, trabajó un médico a quien todo este sufrimiento le era indiferente. El Dr. Josef Mengele, apodado El Ángel de la Muerte, realizaba experimentos acientíficos con los prisioneros. Trabajó especialmente con gemelos para poder estudiar al resistencia diferencial, o intentar encontrar la manera de mejorar la tasa de reproducción de la raza alemana aumentando la fertilidad. En el mismo pabellón también trabajaron otros médicos que lo que buscaban era reducir la fertilidad, pero de la mujeres judías. También estaba obsesionado con la gente de ojos de distinto color (heterocromía), a quien hacía matar para diseccionar los ojos. Incluso a otros intentó cambiar el color de los ojos inyectando distintas sustancias… Cuando un paciente ya no servía, se le enviaba a la cámara de gas o se le inyectaba una dosis letal de fenol.    
Auschwitz empezó a funcionar a partir de 1940 hasta 1945, pero ya desde el principio se había quedado pequeño. Por ello se construyó el segundo campo a tres kilómetros, Auschwitz-Birkenau, que se ideó inicialmente ya como la mejor maquinaria asesina posible. Los cargamentos humanos de nuevos prisioneros llegaban en tren pasando por debajo del edificio de la entrada que se ha convertido ya en el icono de Auschwitz. Unos médicos seleccionaban a la gente al bajar del tren: los enfermos eran enviados directamente a una de las dos cámaras de gas del campamento; los sanos se enviaban a los barracones de madera para trabajar. Todavía se conservan muchos de los barracones donde se hacinaban centenares de personas en condiciones infrahumanas. Cuando se ponían enfermos, se enviaban al hospital, pero si en dos semanas no estaban mejor, se les enviaba a la cámara de gas.
Zapatos de los prisioneros de Auschwitz
En los últimos días de la Solución Final Judía, los cargamentos del tren iban directamente a las cámaras de gas. Cuando en 1945 llegaron los soviéticos y liberaron el campo, encontraron a más de 7.000 prisioneros que los nazis habían dejado atrás. Pero las cámaras de gas las habían destruido para no dejar muestras. Los crematorios sobrevivieron en Auschwitz, donde ahora se han convertido en un lugar de homenaje a todas las víctimas del nazismo. A su lado se exhibe un cadalso de madera. Fue aquí donde en 1947, el primer comandante del campo, Rudolf Höss, fue colgado por el cuello hasta su muerte después del juicio de Nuremberg. Se hacía así justicia, aunque muchos de los que participaron de las atrocidades de Auschwitz (el Dr. Mengele entre ellos), escaparon impunes. Ojalá su consciencia fuera suficiente para castigarlos…
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