4 may. 2015

Humboldt, el naturalista que redescubrió América

Alexander von Humboldt está considerado por algunos como el último científico universal. Los viajes de exploración y los estudios científicos del naturalista alemán fueron tan extensos y de tanto alcance que hoy llevan su nombre multitud de accidentes geográficos, como la corriente fría que recorre la costa de Perú, ríos, bahías, cataratas, parques naturales... incluso un cráter en la luna, además de numerosas especies de plantas y animales.
Friedrich Wilhelm Heinrich Alexander von Humboldt nació en 1769 en el castillo de Tegel, cerca de Berlín, en el seno de una aristocrática familia prusiana. Fue educado por tutores que despertaron en él la pasión por las ciencias naturales y los viajes. Tras la muerte de su padre estudió leyes en la Universidad de Göttingen, como deseaba su madre, pero ello no le impidió acudir a las clases de ciencias naturales de Georg Forster, que había sido dibujante botánico en la segunda expedición del capitán James Cook.
En 1797, tras la muerte de su madre, Humboldt renunció a su prometedora carrera de funcionario en el Departamento de Minas de Prusia y marchó a París, donde hizo amistad con Aimé Bonpland, un botánico con sus mismas inquietudes. Los dos decidieron perseguir juntos su sueño de embarcarse en una expedición. Tras varios intentos frustrados –entre ellos formar parte de la expedición de Napoleón a Egipto– recorrieron a pie la costa del Mediterráneo desde Marsella hasta Barcelona, Valencia y Alicante. Cuando llegaron a Madrid habían elaborado el primer esquema seccional preciso del relieve de la península Ibérica, gracias a las medidas de altitud que fueron tomando durante el camino.

Rumbo al Nuevo Mundo

En Madrid, Humboldt y Bonpland conocieron a Mariano Luis de Urquijo, secretario de Estado del rey, quien los tomó bajo su protección. Gracias a su mediación, en marzo de 1799 fueron presentados a Carlos IV y obtuvieron salvoconductos para explorar las provincias americanas bajo dominio español. Así, cambiaron su soñado viaje a Oriente por la exótica geografía americana: Nueva España (el actual México y Centroamérica), Nueva Granada (las actuales Colombia y Venezuela) y Perú. Humboldt se pagó el viaje de su propio bolsillo, y el 5 de junio de 1799 los dos hombres embarcaron en La Coruña en la corbeta Pizarro, con varias maletas y 42 caros instrumentos científicos. El barco, con rumbo a Venezuela, hizo escala en Tenerife, donde los naturalistas ascendieron hasta la cima del Teide.
Tras un viaje tranquilo, el 16 de julio desembarcaron en Cumaná, en Venezuela, donde quedaron fascinados por la selva tropical. Durante los tres primeros días «corríamos como locos de aquí para allá, sin poder hacer claras observaciones porque al coger algún ejemplar raro lo dejábamos cuando veíamos que a su lado había otro todavía más curioso», escribió a su hermano Wilhelm, célebre filólogo. Como Goethe, Humboldt adoraba la naturaleza y consideraba que la ciencia tenía que servir a la filosofía: «La Naturaleza para mí no son sólo fenómenos objetivos, sino un espejo del espíritu del hombre».
Humboldt y Bonpland remontaron el Orinoco hasta San Fernando de Atabapo, sorteando rápidos y cargando con la canoa a cuestas. Después de largas jornadas, atormentados por el hambre y los mosquitos y atentos a los jaguares que les acechaban, lograron llegar al río Negro, uno de los afluentes del Amazonas. Habían sido los primeros en navegar por el mítico Casiquiare, un canal natural de trescientos kilómetros de largo que une los sistemas fluviales del Orinoco y el Amazonas y que algunos consideraban una leyenda.
De camino a Angostura, Humboldt realizó algunos peligrosos experimentos, como la pesca de varias anguilas eléctricas (Gymnotus electricus) para estudiar la electricidad producida por estos peces. Los indios los capturaban introduciendo caballos en el agua: con un arpón, atrapaban a las anguilas cuando ya habían descargado su  electricidad en los cuadrúpedos. Imprudentemente, Humboldt puso los pies sobre un gimnoto recién sacado del agua: «Durante todo el día tuve fuertes dolores en las rodillas y en casi todas las articulaciones», escribió en su diario. En un poblado indígena, Humboldt probó el curare, veneno usado por los indios para cazar («amargo», escribiría después).

A través de un continente

A su regreso a la costa caribeña, Humboldt y Bonpland embarcaron hasta Cuba y regresaron al continente por Cartagena, en la actual Colombia, donde se desviaron a propósito para pasar por Santa Fe de Bogotá y conocer al botánico español José Celestino Mutis. Al llegar, Bonpland tuvo un ataque de fiebre y los dos compañeros tuvieron que descansar seis semanas en casa de Mutis, tiempo que Humboldt aprovechó para, según sus propias palabras, «utilizar el excelente tesoro de libros de Mutis y calcular observaciones astronómicas, trazar líneas meridianas, determinar la desviación magnética, estudiar ictiología y abarcar una cantidad de cosas en las cuales no era posible pensar hasta entonces».
Remontando el río Magdalena atravesaron la cordillera Real para llegar a Quito, en Ecuador. Durante su periplo subieron al volcán Pichincha e intentaron escalar el Chimborazo, que con sus 6.310 metros de altitud se consideraba entonces la montaña más alta del mundo. Se quedaron en 5.610 metros, la máxima altitud conseguida hasta entonces. Humboldt observó la gradación de la temperatura y la estratificación de la vegetación a lo largo de la ladera, lo que sentaría las bases de la biogeografía moderna.
En Perú, Humboldt estudió la aplicación de los excrementos de las aves, el guano, como fertilizante, y durante el trayecto en barco hasta México midió la temperatura del agua de la corriente fría que fluía a lo largo de la costa peruana y que ahora lleva su nombre. Humboldt y Bonpland recorrieron México en 1803 para pasar después de nuevo por Cuba y llegar a  Estados Unidos, donde se alojaron en la Casa Blanca como invitados de honor del presidente Jefferson, gran amante de las ciencias naturales.
Tras cinco años y más de diez mil kilómetros, el gran viaje de exploración de Humboldt y Bonpland acabó en 1804 con su regreso a París, donde tuvieron una recepción entusiasta. Habían explorado y documentado la fauna, flora, geografía y etnografía latinoamericanas en la expedición científica más ambiciosa realizada hasta entonces.

El trabajo de una vida

Entre 1804 y 1827, Humboldt vivió en París recopilando el material recogido en su expedición, publicado en treinta y tres volúmenes que llevan por título Viaje a las regiones equinocciales del nuevo Continente. Bonpland volvió a América, donde contrajo matrimonio, pero Humboldt, absorbido por su trabajo, nunca se casó. Algunas fuentes afirman que era homosexual, algo que parecería confirmar su estrecha amistad con Carlos de Montúfar, héroe de la independencia de Ecuador que les acompañó en su viaje desde Quito hasta París.
En 1827, Humboldt se trasladó a Berlín para trabajar para el rey de Prusia, e inició la redacción de su obra más ambiciosa, Cosmos, un compendio de todas las ciencias naturales conocidas hasta entonces. Varias misiones a Francia y el trabajo en la corte de Federico Guillermo IV de Prusia le impidieron terminar la obra. Cuando murió en 1859, a los ochenta y nueve años, sólo se habían publicado cinco de los libros que tenían que formar la extensa colección Cosmos. Su obra más esperada quedó, así, inconclusa. A partir de su muerte, ya nadie pretendió abarcar todos los campos del saber; la ciencia se especializó. Y tal vez por ello también, Humboldt fue, probablemente, el último científico universal.

Para saber más

La aventura métrica de Alexander von Humboldt. M. Ruiz Morales. U. de Granada, 2013.
Cosmos: ensayo de una descripción física del mundo. Humboldt. La Catarata, Madrid, 2011.

El presente artículo se publicó por primera vez en la revista HISTORIA NATIONAL GEOGRAPHIC 132, de Diciembre 2014. Escrito por Jordi Canal-Soler.

3 may. 2015

Els Jardins de Cap Roig

Ara que ja som a la primavera i les flors comencen a sortir, és el moment ideal per a conèixer un dels jardins botànics més bonics de Catalunya, els Jardins de Cap Roig. Situats davant de Cap Roig, entre Palafrugell i Mont-Ras, no només ofereixen al visitant la possibilitat de contemplar la bellesa de la costa retallada de la Costa Brava i admirar la riquesa i diversitat de les més de 500 espècies que s’hi presenten, sinó que a més permeten passejar-se entre una dotzena d’escultures.
I tot això gràcies a la donació d’un matrimoni russo-britànic que el va llegar a Catalunya.
Nicolai Woevodsky i la seva esposa Dorothy Webster, l’un militar tsarista i l’altra aristòcrata britànica d’origen irlandès. Vivien a Londres quan el primer marit de Webster es va veure immers en un escàndol anterior al casament amb Almina, la millor amiga de Dorothy i vídua de Lord Carnarvon, el descobridor de la tomba de Tutankhamon.
Per tal de sortir del clima fred de Londres, la parella va recórrer el mediterrani buscant un lloc tranquil on establir-se i ho van acabar fent a Cap Roig, davant les illes Formigues. Aquí hi van construir el 1927 no només el que seria la seva residència, el famós castell (construït amb pedra extreta d’una pedrera local) sinó que dedicarien gran part del seu temps i la seva fortuna a crear un dels millors Jardins Botànics de la mediterrània.
A la mort del matrimoni, els terrenys i edificacions van ser comprats per Caixa Girona i en quedar absorbida per La Caixa ara formen part de l’Obra Social d’aquesta.
Diversos passejos i terrasses mostren flora mediterrània, tropical i subtropical, la major part plantada per la pròpia Dorothy Webster i la seva esquadra de vuit jardiners. En total set hectàrees que van des de la costa fins la muntanya.  
S’entra al Jardí pel poblat, un conjunt d’edificis en els que vivien els treballadors i les seves famílies i que recorda un poble mediterrani. Pel camí del castell, ple de buganvíl·lies i gessamins, s’arriba al Castell, de pedra vermella per l’òxid de ferro i una preciosa Glicinia que en recobreix una de les parets. Una sèrie de camins baixen cap a diverses terrasses (de les Monges i Bassin) i jardins (dels Enamorats, de primavera, del Coronel, del Caporal) i s’aproximen a la costa retallada, on des d’un mirador es contempla la vista de les Illes Formigues i la cala Massoni, amb el seu embarcador, conegut pel sobrenom de “la banyera de la russa”, on Dorothy se solia banyar.
De retorn cap al castell es passa pel Jardí dels Cactus, el Passeig dels Geranis i el Mirador de la Lady, amb vistes a Palafrugell.
No és estrany que la diversitat de flors, les escultures repartides per la finca i les vistes dels passejos en facin un dels Jardins Botànics més singulars i bonics de la mediterrània. I per si fos poc, els jardins i castell són l’escenari des del 2001, per al famós CapRoig Festival de música a l’estiu. 
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