20 oct. 2015

LO MEJOR DE LA CIUDAD DE PRAGA

Algo debe de tener Praga para que enamore a todo el que la visita. Sin duda algo tiene para que sea considerada una de las ciudades más bonitas del mundo y sea una de las veinte más visitadas. Llamada la ciudad de las cien torres, la ciudad dorada, la madre de las ciudades o el corazón de Europa, Praga tiene algo que agarra el corazón del turista y no lo deja incluso cuando ha vuelto a su casa.
Aquí te describimos lo que no puedes perderte en tu visita a la capital de la antigua Bohemia:

1) Castillo de Praga
Aquí empezó todo, en forma de una fortificación en la montaña que empezó a construirse en el siglo IX d.C. En sus habitaciones han vivido los gobernantes del país: los reyes de Bohemia, emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, presidentes de Checoslovaquia y presidentes de la República Checa. Y con sus inmensas dimensiones (570 metros de largo por 130 de ancho) está considerado el castillo antiguo más grande del mundo.
Dentro de las murallas del castillo y en el mismo monte existen dos grandes monumentos que conviene visitar:
La Catedral católica de San Vito, del siglo XIV  y estilo gótico, está dedicada desde 1989 a San Vito, San Venceslao y San Adalberto, y en ella se coronaban anteriormente los reyes de Bohemia. Es la catedral gótica más antigua de Europa Central y entre sus paredes están enterrados varios obispos y reyes. Es preciosa con sus arcos, arbotantes y cúspides de inspiración del gótico francés.
También es destacable el Convento de San Jorge, que alberga actualmente un museo de arte antiguo de Bohemia.

2) Puente Carlos
Cuando Praga era todavía dos núcleos diferenciados en ambas orillas del río Moldava, el rey Carlos IV decidió expandirlas y juntarlas por un sólido puente de piedra que sustituyera el que se había llevado la corriente en 1342. Así empezó a construirse este puente en 1357 (y terminaría a principios del siglo XV). Sus 516 metros de largo se encuentran soportados por 16 arcos, y a lo largo de ellos treinta estatuas decoran el puente desde 1700. Artistas y comerciantes tratan de hacer dinero a expensas del importante flujo de turistas que todos los días visitan el lugar. El puente está protegido por 3 torres distribuidas entre sus orillas, dos de ellas en Malá Strana y la restante en el extremo ubicado en la Ciudad Vieja.

3) La Ciudad Vieja (Stare Mesto)
Desde 1992 el casco histórico de Praga es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y con tanta historia es fácil que haya tantos monumentos para ver:
La Iglesia de Týn, situada cerca de la Plaza de la Ciudad Vieja, data de entre el siglo XIV y XVI, y a pesar de sus muchas reformas continúa conservando su aire gótico original. Se reconoce inmediatamente por la pareja de torres gemelas que se levantan por encima de los tejados de la Ciudad Vieja. Dentro de la iglesia, que en su día fue el centro desde que Jan Hus hizo sus sermones, se encuentra una pila bautismal de 1414, un altar mayor barroco y la tumba del astrónomo Tycho Brahe, un astrónomo sueco que terminó trabajando en la corte bohemia y fue precursor de Kepler.
En la misma plaza se encuentra el Viejo Ayuntamiento, con el reloj astronómico de 1410, el más antiguo de su tipo en Europa. Los doce apóstoles salen a saludar al público a cada hora, acompañados por otras figuras como la muerte.
En la plaza se encuentra también una estatua de Jan Hus, el predicador que quiso reformar la iglesia antes de Lutero y que fue quemado vivo en 1415.

4) Barrio judío (Josefov)
Uno de los autores más conocidos de Praga, Franz Kafka, era de origen judío, y la ciudad tuvo un barrio judío acorde con la importancia que esta comunidad tuvo en Praga. La mayor de las sinagogas era la Sinagoga Staranová, fundada en 1270 y que ha sobrevivido a incendios y ataques racistas. Dice una leyenda que el cuerpo del Golem, un monstruoso ser creado por el Maharal de Praga, rabino Judah Loew, se encuentra en su ático.
Muy cerca se encuentra el Antiguo Cementerio Judío, usado desde el siglo XV hasta 1787 y lleno de lápidas con inscripciones en hebreo que trazan la historia judaica de la ciudad.  
Para tu viaje a la capital de Bohemia no te olvides leer también estos posts:
-Cómo hacer una maleta 
-Apuntar todo lo que veas en tu libreta de viajes  


Puedes escuchar algunas recomendaciones sobre la ruta por Praga en el programa que le dedicamos en en Radio Asturias, en el programa La Buena Tarde.

8 oct. 2015

WADI RUM, EL DESIERTO DE LAWRENCE EN JORDANIA

El sol despuntaba ya tras el peñón de roca y su luz comenzaba a inundar el valle. La piedra oscura se teñía de naranja y la arena fina resplandecía ya con el fulgor dorado que más tarde embargaría todo el desierto. Sería un día caluroso, con un sol candente y un aire abrasador. Para los beduinos del lugar, acostumbrados desde hace generaciones a sobrevivir en estas condiciones, no dejaba de ser un día cualquiera en un rincón cualquiera del ancho desierto. Esta es su tierra, su casa, su vida. Y sin embargo para otros quizá esto podría ser lo más próximo al infierno que existe sobre la tierra. Para mí era un paisaje de ensueño, un lugar de luces mágicas, de ecos históricos y de recuerdos épicos.
Fue en Wadi Rum donde Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, gestó su mayor éxito y donde empezó su leyenda. Aquí tenía su residencia Auda Abu Tayi, un jeque Howeitat rudo pero noble que controlaba un gran ejército de beduinos. La caracterización de Anthony Quinn en la película de David Lean, con nariz postiza incluida, no hace justicia a la verdadera personalidad de Auda y a su auténtico soporte a la Revuelta Árabe. Lawrence dijo de él que «su hospitalidad era extensa y su generosidad lo había dejado pobre, a pesar de los beneficios de centenares de razzias». Me imaginé compartiendo la hospitalidad de Auda en la haima del campamento en el que pasamos la noche en el desierto. Habíamos recorrido las rojizas arenas de Wadi Rum en todoterreno durante todo el día, sorteando grandes dunas, circulando por estrechos desfiladeros de roca, reconociendo los lugares por donde Lawrence pasó y descubriendo aquel desierto de piedra y arena que tenía, según él, «el mismo aspecto vasto y silente de los paisajes en los sueños infantiles».
Lawrence escribió de Wadi Rum que «los despeñaderos aparecían rematados por nidos de cúpulas, menos cálidamente rojos que el cuerpo principal de la montaña, más bien grises y ligeros. Daban un aspecto final de arquitectura bizantina a este lugar irresistible, a esta ruta procesional superior a lo imaginado». La caravana en la que viajó «se fue quedando en silencio, temerosa y avergonzada de hacer ostentación de su pequeñez en presencia de tan majestuosas montañas». Wadi Rum impresionó a Lawrence, y todavía sigue impresionando a cualquiera que crea que los desiertos sólo son extensiones de arena.
Delante mismo del centro de visitantes del desierto de Wadi Rum se alza una de las montañas de roca más altas de la zona. Su pared quebrada ha sido erosionada por el viento y los años formando lo que parecen siete gruesas columnas. Desde los años ochenta a esta formación la han bautizado los locales como Los Siete Pilares de la Sabiduría en honor del libro de Lawrence. Más allá, junto a una pared inmensa cuyo eco retorna la voz amplificada de nuestros gritos, encontramos un pequeño agujero en la roca. Era la guarida de Lawrence, me dijeron, donde se escondía de las patrullas turcas que solían buscarle infructuosamente por la inmensidad de este desierto.
Junto al fino desfiladero de Barrah, donde el viento silbaba entre las rugosas paredes de piedra, encontramos una roca con una cabeza humana esculpida en la piedra. Una inscripción en árabe nos decía quién era, aunque con la kufiyya y sus rasgos occidentales uno ya podía intuir su identidad: se trataba de un retrato de Lawrence de Arabia. Del otro lado de la roca, otra cara esculpida, la del rey Abdulá I, primer Emir de Transjordania y bisabuelo del rey actual.
Al lado del grupo escultórico, una pequeña haima abrigaba una familia de beduinos. Nos animaron a entrar. En un fuego central hervía una tetera con el brebaje local, una infusión de té con salvia, canela y cardamomo que nos sirvieron con mucho azúcar. En un rincón, algunas telas a la venta para los turistas que visitaban el lugar siguiendo el reclamo de Lawrence.
Aquella noche, después de contemplar la puesta de sol en las llanuras de Wadi Rum perfiladas por las cimas de las montañas rocosas, tuvimos una cena especial en el campamento. Cocinado a la brasa dentro de un horno enterrado en la arena del desierto, el zarb tradicional beduino es un plato de cordero que se deshace como la mantequilla y que no defrauda tras las más de dos horas de cocción que necesita. Uno de los beduinos del campamento sacó una rababah y empezó a rasgar la única cuerda del instrumento con un arco endeble mientras con la mano izquierda presionaba aquí y allá la cuerda para cambiar el tono de la música. Era una melodía triste, con un ritmo monótono que reptaba por la arena y acababa perdiéndose en la noche oscura del desierto. Quizá hablaba de la muerte, de la guerra o del honor. En eso pensó Lawrence la última noche en Wadi Rum, antes de la expedición hacia el Sur, antes de intentar lo imposible para capturar Aqaba.
A la mañana siguiente me levanté antes que el sol y subí a un pequeño promontorio cerca del campamento para ver como despuntaba el día entre las montañas. Un aire frío me hizo tiritar mientras esperaba, pero creo que fue más por la emoción que por la temperatura. El cielo oriental se llenó de luz y poco a poco las estrellas fueron perdiendo su brillo y las montañas de Wadi Rum fueron tomando forma. Escuché sólo algunos berridos de los camellos que empezaban a despertar en el campamento. Pero todo lo demás era un silencio hermético, como si la naturaleza sólo pudiera concentrarse en pintar de luz el desierto con el despuntar del día creando una obra maestra de colores de tierra.

Bajé de la montaña y pisé la fina arena. Miré el horizonte y vi las montañas rojas sobresaliendo sobre un mar anaranjado. La extrema belleza del paisaje me lo pedía. Sabía lo que quería hacer. Montaría en mi camello, me ajustaría la kuffiya en la cabeza y, a paso lento, me internaría en Wadi Rum, el desierto de Lawrence…


Este artículo fue publicado por primera vez en la revista NAO TRAVEL número 4, de julio-agosto 2014.

2 oct. 2015

QUE VER EN MONTPELLIER, MEDIEVAL Y MODERNA

A medio camino entre el mar y la montaña, entre extensos viñedos y casi arrinconada en el sudeste francés, Montpellier podría parecer una aburrida ciudad de provincia. Nada más lejos de la verdad.
A diferencia de otras ciudades del Languedoc y Roussillon, Montpellier no tuvo un origen romano, sino que empezó como núcleo urbano en el medievo, como capital del Señorío de Montpellier, feudatario del Obispado de Magalona en un inicio.
El núcleo antiguo de Montpellier, llamado Écusson, empieza en la inevitable Place de la Comédie, la plaza central con el edificio de la Opera Comédie, de 1888. Un túnel subterráneo conduce al tráfico por debajo la plaza, por la que toda ella y las calles circundantes están libres de tráfico rodado. La plaza oval está rodeada de viejos y elegantes cafés con terrazas en las que tomar un tentempié mientras se observa el ir y venir de sus ciudadanos. El más viejo de todos ellos es el Café 1893, delante de la fuente de las Tres Gracias, la escultura más conocida de la ciudad. La que se ve en el centro de la plaza es una copia. La original, esculpida en 1773 por Étienne d’Antoine, se conserva en el Hall de la Ópera para su protección.
La muralla antigua llegaba hasta la plaza oval, y al derruirla se creó el fácil acceso a la parte medieval de la ciudad vieja, con sus callejuelas adoquinadas y sus palacios de arcos góticos. Aún quedan tres puentes habitados de los que unían a un par de casas cercanas por encima de las calles. En la Edad Media eran muy comunes para evitar las humedades de la calle.
En el número 2 de la rue de Jacques d’Aragon se encuentra una casa de fachada neo clásica, de paredes de piedra, ventanas cuadradas y un pequeño balcón junto a la gran puerta. No parece gran cosa y no se distingue de los demás edificios de la calle o del barrio antiguo, pero en el terreno que ahora ocupa estuvo el Palacio de Tornamira donde nació Jaume I, posiblemente el hijo más ilustre de la ciudad.
Hijo del rey Pedro II de Aragón y María de Montpellier, el rey Jaume nació aquí el 2 de febrero del 1208. Cuenta el mismo rey Jaume en su Libre dels feyts que su padre tuvo que ser engañado para que confundiera a su madre como una de las damas a las que perseguía. Una placa en la pared del edificio lo menciona en occitano y catalán.
En una de las calles más arriba se encuentra un gran palacio de entrada gótica. Sus paredes han sido transformadas al estilo moderno con grandes ventanas, pero debido a su gran tamaño, se creía que era el Palacio de los reyes de Aragón. Posteriores estudios, sin embargo, han descartado la posibilidad de que fuera el palacio de los reyes.
Durante el siglo XIV el rey Felipe el Hermoso expulsó a los judíos de Francia. Se dice que tenía necesidad de sus riquezas para poder financiar la guerra contra Inglaterra, así que culpó a los hebreos de ser los propagadores de la peste negra y los echó de Francia. Destruyeron las sinagogas e incluso las casas, pero dejaron solamente los viejos baños judíos, el Mikvé, ya que eran alimentados por agua freática que surgía de la montaña. Con el tiempo, la ciudad construiría el nuevo acueducto y el pozo se convertiría en superfluo, por lo que su ubicación exacta terminó olvidándose. Sólo fue a partir de la década de 1980 que el alcalde de entonces quiso recuperar el patrimonio judío de la ciudad y se empezó a buscar los baños. Fueron encontrados, se restauraron y abrieron al público en 1985. El ayuntamiento compró todo el edificio con la idea de construir un museo, pero la escasa financiación todavía no ha permitido iniciar las obras. De todas maneras se pueden visitar los baños en uno de los tours que organiza la Oficina de Turismo de Montpellier. Se entra por una portezuela en el patio interior de un gran edificio del siglo XVIII, y unas escaleras de piedra conducen rápidamente a los baños rituales, una pequeña cisterna de unos tres por dos metros con agua cristalina a la que se accede por estrechos peldaños. Antes del agua una pequeña salita con una ventana de doble arco y columna central muestra, en un capitel, el único símbolo judío que queda de toda la construcción.
Por cierto, los judíos fueron identificados como los causantes de la peste negra porque como comunidad tuvieron muchas menos pérdidas que la población cristiana, pero sobretodo porque sus ritos más limpios los hacían menos propensos a contraer la enfermedad.
Deberían haberse dado cuenta de ello en un edificio cercano y de máxima importancia durante el medievo, la Facultad de Medicina. Fue iniciada a partir de 1180, fecha en la que el señor de la ciudad, Guilhem VIII, promulgó un edicto según el cual podía enseñar medicina cualquier persona independientemente de su religión o sus orígenes. Eso permitió que la Facultad recibiera profesores de todo el mundo (cristiano, judío y musulmán) y sus alumnos pudieran acceder a la mejor formación posible. Hasta bien entrado el siglo XX la Facultad de Medicina de Montpellier estaba considerada una de las mejores del mundo y aún hoy es la facultad de medicina más antigua todavía en actividad.
Aquí estudiaron Nostradamus, Rabelais, Arnau de Vilanova, Ramon Llull, Rondelet y François Gigot de La Peyronie, que llegó a ser cirujano del Rey Luis XV y cuya fortuna legó al morir para construir el anfiteatro de Saint-Come, que sirvió como centro para el estudio de anatomía y que actualmente es la Cámara de Comercio e Industria de la ciudad.
Anexa a la Facultad de Medicina se encuentra la Catedral de Saint Pierre, con una de las fachadas más sorprendentes de Francia, de dos inmensas columnas que sostienen un alto pórtico enfrente de la puerta Sur. Fue el papa Urbano V, un antiguo estudiante de Montpellier, quien hizo construir en 1364 la iglesia y el monasterio anexos que después se transformarían en 1536 en la Catedral de Saint Pierre. Con sus altas torres más bien parece una fortificación que un lugar de culto.
Cerca de la Catedral se encuentra el Arc de Triomphe, construido a finales del siglo XVII en honor de Luis XIV e inspirado en las puertas parisinas. Una pequeña escalera de caracol permite acceder a su azotea, pero únicamente en uno de los tours de la Oficina de Turismo. Las vistas desde arriba son fenomenales, con un primer plano del pórtico griego del Palacio de Justicia (edificio neoclásico de 1853), de la avenida Foch, la única calle recta de todo el Écusson, y la Place Royale du Peyrou, una zona ajardinada con una estatua ecuestre del rey Luis XIV. Detrás suyo se distingue la cuadrada estructura de la Torre de Agua, donde termina el acueducto de Saint-Clément, que en 1754 llevó agua fresca a la ciudad haciendo que se olvidara el pozo del Mikvé.
Pero Montpellier no es sólo una vieja ciudad medieval o decimonónica. Es también una moderna urbe con edificios diseñados por los más vanguardistas arquitectos. Ricard Bofill construyó Antigone en la década de los 70, y en el nuevo barrio de Port Marianne el Hôtel de Ville, el ayuntamiento de la ciudad, se alza como un bloque de acero y cristal azulado de líneas impresionantes, obra de Jean Nouvel y François Fontès. Quizá éste edificio municipal sea la mejor muestra de cómo Montpellier está creciendo: manteniendo la belleza de líneas de sus viejos edificios medievales, con los materiales más modernos y las formas más intrépidas, convirtiendo una ciudad de rico pasado en una metrópolis novedosa y de activo futuro. 
¿Cómo llegar?
Aunque se puede llegar fácilmente por carretera, en realidad Montpellier es la ciudad perfecta para ser visitada en una escapada en tren. La línea de alta velocidad de RENFE-SNCF permite conectar Barcelona y Montpellier en unas tres horas, permitiendo incluso la visita en un solo día.

1 oct. 2015

ANIMALES Y FARAONES en CAIXAFORUM

Cocodrilos, hipopótamos, ibis, leones, gatos, chacales, perros, bueyes, cabras, gacelas, cobras, mangostas,… Todos estos animales tienen algo en común: vivían en el Antiguo Egipto y de una forma u otra fueron representados por sus artistas.
Por primera vez en Barcelona tenemos la posibilidad de ver como los antiguos egipcios representaron al mundo animal en sus obras de arte y comprender hasta qué punto la naturaleza estuvo presente en la cultura del Egipto faraónico.
Del 23 de septiembre de 2015 al 10 de enero del 2016 el Caixaforum de Barcelona muestra la exposición Animales y Faraones, El Reino Animal en el Antiguo Egipto.
Justo a la entrada de la exposición ya reciben al visitante unos cuantos animales disecados de los que después van a estar presentes en las piezas de arte: entre ellos un buitre, uno de los animales más simbólicos del Egipto faraónico, puesto que la diosa Nejbet, representante del Alto Egipto, se representaba como un buitre blanco. Quizá sea este el mejor ejemplo para descubrir que los prejuicios o simpatías acerca de ciertos animales han variado mucho desde la época de los faraones.
Desde los tiempos de Clemente de Alejandría (150-215 d.C.) occidente consideró a los egipcios como simples zoólatras, adoradores de los animales. Sin embargo, gracias a la egiptología científica desde hace ya unos años se entiende la relación de los egipcios con el mundo animal como una forma de captar las manifestaciones de la esencia divina accesible a los humanos comparándolos o asimilándolos con los animales. Los egipcios fueron grandes observadores de la naturaleza, y se sirvieron de las imágenes simbólicas que cada uno de los animales proyecta para usarlos como representación de distintas deidades o en una producción artística sin igual.
En una vitrina de la exposición se explica los usos de varios de los animales: la piel de leopardo sólo la podían usar los sacerdotes; la piel de buey era magnífica (como ahora) para la fabricación de sandalias, y hay un par de ellas tamaño 37 que parecen acabadas de ser utilizadas; el marfil de hipopótamo era mucho más preciado que el de elefante, y se exhibe un precioso estuche de escriba para sus herramientas.
Hay nueve secciones temáticas que llevan al visitante desde la observación inicial de los animales en su medio hasta su uso en el arte, la escritura (el 20% de los jeroglíficos son animales), la política, religión y pensamiento egipcio, a través de más de cuatro cientas piezas provenientes del Museo del Louvre y con algunas obras cedidas por el Museu de Montserrat o incluso por el Museude Ciències Naturals de Barcelona.
En una vitrina, por ejemplo, se compara los animales que habitaban el antiguo Egipto con las formas zoomorfas de algunos de sus dioses, y el porqué de la relación. Anubis, por ejemplo, el dios con cabeza de chacal, es el guardián de la muerte y el que preparó el cuerpo de Osiris para su vida en el más allá, creando la primera momia. Quizá tenga que ver que los chacales son perfectos centinelas y quizá porqué suelen esconder los huesos bajo el suelo enterrándolos.
Tueris es la diosa de la fertilidad y protectora de las embarazadas y los niños pequeños. Tiene cabeza y cuerpo de hipopótamo. ¿Será porqué los egipcios conocían la ferocidad con la que las hembras de los hipopótamos defienden a sus crías?
Uno de los animales más representados en el Antiguo Egipto fue la esfinge, que si bien no era un animal real, sí que es seguramente el que más asociado suele estar al país. En la exposición se muestran algunos ejemplos, como una gran escultura de tres metros de largo cuya cabeza, aunque muy bien recreada, es en realidad una adición  del siglo XVIII a un cuerpo decapitado.
Pero quizá la obra maestra, o como mínimo la que es más grande, es un inmenso bloque de granito rosa con cuatro figuras de babuinos levantados sobre sus patas traseras y con las manos hacia el espectador. Los egipcios se fijaron en el comportamiento de los babuinos durante la mañana, cuando sale y sol y los animales parecen alborotarse y fijarse en los primeros rayos. Así representaron a sus homólogos pétreos, adorando el sol. El bloque de piedra estaba bajo el obelisco que se encuentra hoy en la Place de la Concorde de Paris. Instalado en 1836, inicialmente al monolito se le puso también la base de los babuinos, pero cuando los pudorosos parisinos vieron a los animales, representados au naturel y con sus partes al aire, hicieron retirar rápidamente aquellas estatuas impúdicas hasta lo más profundo de los subterráneos del Louvre, donde han permanecido durante todos estos años hasta el día de hoy, en que han visto de nuevo la luz para ser apreciadas. No sólo son una obra de arte, sino que su traslado desde Francia aquí y su instalación final en la sala del museo debería ser contemplada también como una obra de arte de la ingeniería. 
La última sección es quizá la que atraiga mayores pasiones entre el público. Como mínimo es la más morbosa. Y es que cuando hay momias por en medio el interés se dispara. Se trata de algunas piezas encontradas en templos o tumbas en las que la protagonista es una momia. Hay unos cuantos gatos, un par de ibis y un cocodrilo. Incluso en otra vitrina se encuentra el cuerpo entero de un cabrito desecado.

La exposición cuenta con algunas imágenes de tomografía computerizada de varias momias y permite descubrir que los embalsamadores egipcios muchas veces servían gato por liebre: en varias de las momias de animales bajo el apretujado fardo de vendas se encontró… nada. Una falsificación pura y dura…
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