1 oct. 2015

ANIMALES Y FARAONES en CAIXAFORUM

Cocodrilos, hipopótamos, ibis, leones, gatos, chacales, perros, bueyes, cabras, gacelas, cobras, mangostas,… Todos estos animales tienen algo en común: vivían en el Antiguo Egipto y de una forma u otra fueron representados por sus artistas.
Por primera vez en Barcelona tenemos la posibilidad de ver como los antiguos egipcios representaron al mundo animal en sus obras de arte y comprender hasta qué punto la naturaleza estuvo presente en la cultura del Egipto faraónico.
Del 23 de septiembre de 2015 al 10 de enero del 2016 el Caixaforum de Barcelona muestra la exposición Animales y Faraones, El Reino Animal en el Antiguo Egipto.
Justo a la entrada de la exposición ya reciben al visitante unos cuantos animales disecados de los que después van a estar presentes en las piezas de arte: entre ellos un buitre, uno de los animales más simbólicos del Egipto faraónico, puesto que la diosa Nejbet, representante del Alto Egipto, se representaba como un buitre blanco. Quizá sea este el mejor ejemplo para descubrir que los prejuicios o simpatías acerca de ciertos animales han variado mucho desde la época de los faraones.
Desde los tiempos de Clemente de Alejandría (150-215 d.C.) occidente consideró a los egipcios como simples zoólatras, adoradores de los animales. Sin embargo, gracias a la egiptología científica desde hace ya unos años se entiende la relación de los egipcios con el mundo animal como una forma de captar las manifestaciones de la esencia divina accesible a los humanos comparándolos o asimilándolos con los animales. Los egipcios fueron grandes observadores de la naturaleza, y se sirvieron de las imágenes simbólicas que cada uno de los animales proyecta para usarlos como representación de distintas deidades o en una producción artística sin igual.
En una vitrina de la exposición se explica los usos de varios de los animales: la piel de leopardo sólo la podían usar los sacerdotes; la piel de buey era magnífica (como ahora) para la fabricación de sandalias, y hay un par de ellas tamaño 37 que parecen acabadas de ser utilizadas; el marfil de hipopótamo era mucho más preciado que el de elefante, y se exhibe un precioso estuche de escriba para sus herramientas.
Hay nueve secciones temáticas que llevan al visitante desde la observación inicial de los animales en su medio hasta su uso en el arte, la escritura (el 20% de los jeroglíficos son animales), la política, religión y pensamiento egipcio, a través de más de cuatro cientas piezas provenientes del Museo del Louvre y con algunas obras cedidas por el Museu de Montserrat o incluso por el Museude Ciències Naturals de Barcelona.
En una vitrina, por ejemplo, se compara los animales que habitaban el antiguo Egipto con las formas zoomorfas de algunos de sus dioses, y el porqué de la relación. Anubis, por ejemplo, el dios con cabeza de chacal, es el guardián de la muerte y el que preparó el cuerpo de Osiris para su vida en el más allá, creando la primera momia. Quizá tenga que ver que los chacales son perfectos centinelas y quizá porqué suelen esconder los huesos bajo el suelo enterrándolos.
Tueris es la diosa de la fertilidad y protectora de las embarazadas y los niños pequeños. Tiene cabeza y cuerpo de hipopótamo. ¿Será porqué los egipcios conocían la ferocidad con la que las hembras de los hipopótamos defienden a sus crías?
Uno de los animales más representados en el Antiguo Egipto fue la esfinge, que si bien no era un animal real, sí que es seguramente el que más asociado suele estar al país. En la exposición se muestran algunos ejemplos, como una gran escultura de tres metros de largo cuya cabeza, aunque muy bien recreada, es en realidad una adición  del siglo XVIII a un cuerpo decapitado.
Pero quizá la obra maestra, o como mínimo la que es más grande, es un inmenso bloque de granito rosa con cuatro figuras de babuinos levantados sobre sus patas traseras y con las manos hacia el espectador. Los egipcios se fijaron en el comportamiento de los babuinos durante la mañana, cuando sale y sol y los animales parecen alborotarse y fijarse en los primeros rayos. Así representaron a sus homólogos pétreos, adorando el sol. El bloque de piedra estaba bajo el obelisco que se encuentra hoy en la Place de la Concorde de Paris. Instalado en 1836, inicialmente al monolito se le puso también la base de los babuinos, pero cuando los pudorosos parisinos vieron a los animales, representados au naturel y con sus partes al aire, hicieron retirar rápidamente aquellas estatuas impúdicas hasta lo más profundo de los subterráneos del Louvre, donde han permanecido durante todos estos años hasta el día de hoy, en que han visto de nuevo la luz para ser apreciadas. No sólo son una obra de arte, sino que su traslado desde Francia aquí y su instalación final en la sala del museo debería ser contemplada también como una obra de arte de la ingeniería. 
La última sección es quizá la que atraiga mayores pasiones entre el público. Como mínimo es la más morbosa. Y es que cuando hay momias por en medio el interés se dispara. Se trata de algunas piezas encontradas en templos o tumbas en las que la protagonista es una momia. Hay unos cuantos gatos, un par de ibis y un cocodrilo. Incluso en otra vitrina se encuentra el cuerpo entero de un cabrito desecado.

La exposición cuenta con algunas imágenes de tomografía computerizada de varias momias y permite descubrir que los embalsamadores egipcios muchas veces servían gato por liebre: en varias de las momias de animales bajo el apretujado fardo de vendas se encontró… nada. Una falsificación pura y dura…
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