8 oct. 2015

WADI RUM, EL DESIERTO DE LAWRENCE EN JORDANIA

El sol despuntaba ya tras el peñón de roca y su luz comenzaba a inundar el valle. La piedra oscura se teñía de naranja y la arena fina resplandecía ya con el fulgor dorado que más tarde embargaría todo el desierto. Sería un día caluroso, con un sol candente y un aire abrasador. Para los beduinos del lugar, acostumbrados desde hace generaciones a sobrevivir en estas condiciones, no dejaba de ser un día cualquiera en un rincón cualquiera del ancho desierto. Esta es su tierra, su casa, su vida. Y sin embargo para otros quizá esto podría ser lo más próximo al infierno que existe sobre la tierra. Para mí era un paisaje de ensueño, un lugar de luces mágicas, de ecos históricos y de recuerdos épicos.
Fue en Wadi Rum donde Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, gestó su mayor éxito y donde empezó su leyenda. Aquí tenía su residencia Auda Abu Tayi, un jeque Howeitat rudo pero noble que controlaba un gran ejército de beduinos. La caracterización de Anthony Quinn en la película de David Lean, con nariz postiza incluida, no hace justicia a la verdadera personalidad de Auda y a su auténtico soporte a la Revuelta Árabe. Lawrence dijo de él que «su hospitalidad era extensa y su generosidad lo había dejado pobre, a pesar de los beneficios de centenares de razzias». Me imaginé compartiendo la hospitalidad de Auda en la haima del campamento en el que pasamos la noche en el desierto. Habíamos recorrido las rojizas arenas de Wadi Rum en todoterreno durante todo el día, sorteando grandes dunas, circulando por estrechos desfiladeros de roca, reconociendo los lugares por donde Lawrence pasó y descubriendo aquel desierto de piedra y arena que tenía, según él, «el mismo aspecto vasto y silente de los paisajes en los sueños infantiles».
Lawrence escribió de Wadi Rum que «los despeñaderos aparecían rematados por nidos de cúpulas, menos cálidamente rojos que el cuerpo principal de la montaña, más bien grises y ligeros. Daban un aspecto final de arquitectura bizantina a este lugar irresistible, a esta ruta procesional superior a lo imaginado». La caravana en la que viajó «se fue quedando en silencio, temerosa y avergonzada de hacer ostentación de su pequeñez en presencia de tan majestuosas montañas». Wadi Rum impresionó a Lawrence, y todavía sigue impresionando a cualquiera que crea que los desiertos sólo son extensiones de arena.
Delante mismo del centro de visitantes del desierto de Wadi Rum se alza una de las montañas de roca más altas de la zona. Su pared quebrada ha sido erosionada por el viento y los años formando lo que parecen siete gruesas columnas. Desde los años ochenta a esta formación la han bautizado los locales como Los Siete Pilares de la Sabiduría en honor del libro de Lawrence. Más allá, junto a una pared inmensa cuyo eco retorna la voz amplificada de nuestros gritos, encontramos un pequeño agujero en la roca. Era la guarida de Lawrence, me dijeron, donde se escondía de las patrullas turcas que solían buscarle infructuosamente por la inmensidad de este desierto.
Junto al fino desfiladero de Barrah, donde el viento silbaba entre las rugosas paredes de piedra, encontramos una roca con una cabeza humana esculpida en la piedra. Una inscripción en árabe nos decía quién era, aunque con la kufiyya y sus rasgos occidentales uno ya podía intuir su identidad: se trataba de un retrato de Lawrence de Arabia. Del otro lado de la roca, otra cara esculpida, la del rey Abdulá I, primer Emir de Transjordania y bisabuelo del rey actual.
Al lado del grupo escultórico, una pequeña haima abrigaba una familia de beduinos. Nos animaron a entrar. En un fuego central hervía una tetera con el brebaje local, una infusión de té con salvia, canela y cardamomo que nos sirvieron con mucho azúcar. En un rincón, algunas telas a la venta para los turistas que visitaban el lugar siguiendo el reclamo de Lawrence.
Aquella noche, después de contemplar la puesta de sol en las llanuras de Wadi Rum perfiladas por las cimas de las montañas rocosas, tuvimos una cena especial en el campamento. Cocinado a la brasa dentro de un horno enterrado en la arena del desierto, el zarb tradicional beduino es un plato de cordero que se deshace como la mantequilla y que no defrauda tras las más de dos horas de cocción que necesita. Uno de los beduinos del campamento sacó una rababah y empezó a rasgar la única cuerda del instrumento con un arco endeble mientras con la mano izquierda presionaba aquí y allá la cuerda para cambiar el tono de la música. Era una melodía triste, con un ritmo monótono que reptaba por la arena y acababa perdiéndose en la noche oscura del desierto. Quizá hablaba de la muerte, de la guerra o del honor. En eso pensó Lawrence la última noche en Wadi Rum, antes de la expedición hacia el Sur, antes de intentar lo imposible para capturar Aqaba.
A la mañana siguiente me levanté antes que el sol y subí a un pequeño promontorio cerca del campamento para ver como despuntaba el día entre las montañas. Un aire frío me hizo tiritar mientras esperaba, pero creo que fue más por la emoción que por la temperatura. El cielo oriental se llenó de luz y poco a poco las estrellas fueron perdiendo su brillo y las montañas de Wadi Rum fueron tomando forma. Escuché sólo algunos berridos de los camellos que empezaban a despertar en el campamento. Pero todo lo demás era un silencio hermético, como si la naturaleza sólo pudiera concentrarse en pintar de luz el desierto con el despuntar del día creando una obra maestra de colores de tierra.

Bajé de la montaña y pisé la fina arena. Miré el horizonte y vi las montañas rojas sobresaliendo sobre un mar anaranjado. La extrema belleza del paisaje me lo pedía. Sabía lo que quería hacer. Montaría en mi camello, me ajustaría la kuffiya en la cabeza y, a paso lento, me internaría en Wadi Rum, el desierto de Lawrence…


Este artículo fue publicado por primera vez en la revista NAO TRAVEL número 4, de julio-agosto 2014.
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