2 oct. 2015

QUE VER EN MONTPELLIER, MEDIEVAL Y MODERNA

A medio camino entre el mar y la montaña, entre extensos viñedos y casi arrinconada en el sudeste francés, Montpellier podría parecer una aburrida ciudad de provincia. Nada más lejos de la verdad.
A diferencia de otras ciudades del Languedoc y Roussillon, Montpellier no tuvo un origen romano, sino que empezó como núcleo urbano en el medievo, como capital del Señorío de Montpellier, feudatario del Obispado de Magalona en un inicio.
El núcleo antiguo de Montpellier, llamado Écusson, empieza en la inevitable Place de la Comédie, la plaza central con el edificio de la Opera Comédie, de 1888. Un túnel subterráneo conduce al tráfico por debajo la plaza, por la que toda ella y las calles circundantes están libres de tráfico rodado. La plaza oval está rodeada de viejos y elegantes cafés con terrazas en las que tomar un tentempié mientras se observa el ir y venir de sus ciudadanos. El más viejo de todos ellos es el Café 1893, delante de la fuente de las Tres Gracias, la escultura más conocida de la ciudad. La que se ve en el centro de la plaza es una copia. La original, esculpida en 1773 por Étienne d’Antoine, se conserva en el Hall de la Ópera para su protección.
La muralla antigua llegaba hasta la plaza oval, y al derruirla se creó el fácil acceso a la parte medieval de la ciudad vieja, con sus callejuelas adoquinadas y sus palacios de arcos góticos. Aún quedan tres puentes habitados de los que unían a un par de casas cercanas por encima de las calles. En la Edad Media eran muy comunes para evitar las humedades de la calle.
En el número 2 de la rue de Jacques d’Aragon se encuentra una casa de fachada neo clásica, de paredes de piedra, ventanas cuadradas y un pequeño balcón junto a la gran puerta. No parece gran cosa y no se distingue de los demás edificios de la calle o del barrio antiguo, pero en el terreno que ahora ocupa estuvo el Palacio de Tornamira donde nació Jaume I, posiblemente el hijo más ilustre de la ciudad.
Hijo del rey Pedro II de Aragón y María de Montpellier, el rey Jaume nació aquí el 2 de febrero del 1208. Cuenta el mismo rey Jaume en su Libre dels feyts que su padre tuvo que ser engañado para que confundiera a su madre como una de las damas a las que perseguía. Una placa en la pared del edificio lo menciona en occitano y catalán.
En una de las calles más arriba se encuentra un gran palacio de entrada gótica. Sus paredes han sido transformadas al estilo moderno con grandes ventanas, pero debido a su gran tamaño, se creía que era el Palacio de los reyes de Aragón. Posteriores estudios, sin embargo, han descartado la posibilidad de que fuera el palacio de los reyes.
Durante el siglo XIV el rey Felipe el Hermoso expulsó a los judíos de Francia. Se dice que tenía necesidad de sus riquezas para poder financiar la guerra contra Inglaterra, así que culpó a los hebreos de ser los propagadores de la peste negra y los echó de Francia. Destruyeron las sinagogas e incluso las casas, pero dejaron solamente los viejos baños judíos, el Mikvé, ya que eran alimentados por agua freática que surgía de la montaña. Con el tiempo, la ciudad construiría el nuevo acueducto y el pozo se convertiría en superfluo, por lo que su ubicación exacta terminó olvidándose. Sólo fue a partir de la década de 1980 que el alcalde de entonces quiso recuperar el patrimonio judío de la ciudad y se empezó a buscar los baños. Fueron encontrados, se restauraron y abrieron al público en 1985. El ayuntamiento compró todo el edificio con la idea de construir un museo, pero la escasa financiación todavía no ha permitido iniciar las obras. De todas maneras se pueden visitar los baños en uno de los tours que organiza la Oficina de Turismo de Montpellier. Se entra por una portezuela en el patio interior de un gran edificio del siglo XVIII, y unas escaleras de piedra conducen rápidamente a los baños rituales, una pequeña cisterna de unos tres por dos metros con agua cristalina a la que se accede por estrechos peldaños. Antes del agua una pequeña salita con una ventana de doble arco y columna central muestra, en un capitel, el único símbolo judío que queda de toda la construcción.
Por cierto, los judíos fueron identificados como los causantes de la peste negra porque como comunidad tuvieron muchas menos pérdidas que la población cristiana, pero sobretodo porque sus ritos más limpios los hacían menos propensos a contraer la enfermedad.
Deberían haberse dado cuenta de ello en un edificio cercano y de máxima importancia durante el medievo, la Facultad de Medicina. Fue iniciada a partir de 1180, fecha en la que el señor de la ciudad, Guilhem VIII, promulgó un edicto según el cual podía enseñar medicina cualquier persona independientemente de su religión o sus orígenes. Eso permitió que la Facultad recibiera profesores de todo el mundo (cristiano, judío y musulmán) y sus alumnos pudieran acceder a la mejor formación posible. Hasta bien entrado el siglo XX la Facultad de Medicina de Montpellier estaba considerada una de las mejores del mundo y aún hoy es la facultad de medicina más antigua todavía en actividad.
Aquí estudiaron Nostradamus, Rabelais, Arnau de Vilanova, Ramon Llull, Rondelet y François Gigot de La Peyronie, que llegó a ser cirujano del Rey Luis XV y cuya fortuna legó al morir para construir el anfiteatro de Saint-Come, que sirvió como centro para el estudio de anatomía y que actualmente es la Cámara de Comercio e Industria de la ciudad.
Anexa a la Facultad de Medicina se encuentra la Catedral de Saint Pierre, con una de las fachadas más sorprendentes de Francia, de dos inmensas columnas que sostienen un alto pórtico enfrente de la puerta Sur. Fue el papa Urbano V, un antiguo estudiante de Montpellier, quien hizo construir en 1364 la iglesia y el monasterio anexos que después se transformarían en 1536 en la Catedral de Saint Pierre. Con sus altas torres más bien parece una fortificación que un lugar de culto.
Cerca de la Catedral se encuentra el Arc de Triomphe, construido a finales del siglo XVII en honor de Luis XIV e inspirado en las puertas parisinas. Una pequeña escalera de caracol permite acceder a su azotea, pero únicamente en uno de los tours de la Oficina de Turismo. Las vistas desde arriba son fenomenales, con un primer plano del pórtico griego del Palacio de Justicia (edificio neoclásico de 1853), de la avenida Foch, la única calle recta de todo el Écusson, y la Place Royale du Peyrou, una zona ajardinada con una estatua ecuestre del rey Luis XIV. Detrás suyo se distingue la cuadrada estructura de la Torre de Agua, donde termina el acueducto de Saint-Clément, que en 1754 llevó agua fresca a la ciudad haciendo que se olvidara el pozo del Mikvé.
Pero Montpellier no es sólo una vieja ciudad medieval o decimonónica. Es también una moderna urbe con edificios diseñados por los más vanguardistas arquitectos. Ricard Bofill construyó Antigone en la década de los 70, y en el nuevo barrio de Port Marianne el Hôtel de Ville, el ayuntamiento de la ciudad, se alza como un bloque de acero y cristal azulado de líneas impresionantes, obra de Jean Nouvel y François Fontès. Quizá éste edificio municipal sea la mejor muestra de cómo Montpellier está creciendo: manteniendo la belleza de líneas de sus viejos edificios medievales, con los materiales más modernos y las formas más intrépidas, convirtiendo una ciudad de rico pasado en una metrópolis novedosa y de activo futuro. 
¿Cómo llegar?
Aunque se puede llegar fácilmente por carretera, en realidad Montpellier es la ciudad perfecta para ser visitada en una escapada en tren. La línea de alta velocidad de RENFE-SNCF permite conectar Barcelona y Montpellier en unas tres horas, permitiendo incluso la visita en un solo día.
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