5 jul. 2016

KAWAH IJEN, LA MINA DEL INFIERNO EN INDONESIA

Con solo 2.799 m de altura, el volcán Kawah Ijen en el este de la isla de Java, en Indonesia, no es de los más altos del país. Y aunque no esté echando lava y su actividad se limite a unas cuantas fumarolas, es uno de los más impresionantes del mundo. La razón: es de los pocos volcanes activos convertidos también en una mina. Desde 1968, cada día, docenas de hombres mal calzados, de mirada cansada y cuerpo encorvado, suben al volcán y bajan a su caldera para recoger su carga de mineral de azufre. Despedazan las deposiciones sulfurosas entre vaharadas de gases tóxicos, las cargan en cestas de bambú y las bajan hasta el aparcamiento donde llegan los camiones que se lo llevarán hasta las refinerías. Cada día, trabajan en condiciones casi infrahumanas extrayendo y bajando varias cargas de mineral para conseguir un jornal pobre según los ojos occidentales pero muy elevado para la economía indonesia.
KAWAH IJEN, LA MINA DEL INFIERNO
Verlos trabajar en el fondo del cráter del volcán, entre fumarolas tóxicas y descender la ladera del volcán con su pesada carga es uno de los espectáculos más impresionantes que se puedan observar en Indonesia y uno no puede más que admirar estos mineros que trabajan en unas condiciones tan difíciles.
Mapa Kawah Ijen

KAWAH IJEN, LA MINA DEL INFIERNO

Desde hace unos años la actividad minera se ha abierto a los turistas, y aunque durante las horas de trabajo éstos no pueden bajar al fondo del cráter, sí lo pueden hacer durante la noche, cuando entre las fumarolas de azufre se observan llamaradas azules de gas sulfúrico en combustión,  un espectáculo que atrae a un número cada vez mayor de visitantes.
El lago sulfuroso de Kawah Ijen

Subir al volcán Kawah Ijen

Desde Banyuwangi, la capital de la zona, junto a la costa oriental de Java, una carretera inicialmente asfaltada remonta poco a poco la pendiente durante más de una hora de recorrido hasta convertirse en una pista forestal que llega junto a la estación de Paltuding, a 1.850 metros sobre el nivel del mar. Aquí es donde se deja el coche y se empiezan a andar los casi mil metros de desnivel que faltan hasta la cima.  
El camino hacia la cima
El camino hasta la cima es a pie, y suele tardarse unas dos horas parando a menudo no tanto para descansar (pues no es fatigoso) sino para admirar las vistas de los volcanes y valles circundantes. El sendero recorre la falda del volcán sinuosamente, recorriendo tranquilo las varias coladas de lava creadas en el pasado y los varios estratos de vegetación que se suceden con la altura, desde la selva tropical de la base de la montaña, pasando por los arbustos del medio, la hierba del final y la rocosa desnudez de la cima.
Coladas de lava llenas de vegetación
Una vez en el borde del cráter, las vistas sobre el gran lago que inunda la caldera es magnífica. De un verde azulado irreal, el agua es tan ácida debido al gas sulfúrico que cuando en 2008 un programa de televisión bajó al agua para documentarlo, extrajo una muestra y determinó que su pH es del 0,5, altamente corrosivo.
Cargando azufre
El cráter tiene un diámetro de 722 metros, pero no puede recorrerse en todo su perímetro sin peligro de caer o de aspirar gran cantidad de gases sulfurosos. De día, las medidas de seguridad son bastante rigurosas y los mismos mineros prohíben la bajada a la zona de trabajo a los turistas. Para ello hay que tomar un tour nocturno.
Turistas ante el cráter de Kawah Ijen

Fuego azul de gas sulfúrico

El gas sulfuroso que se filtra a través de grietas subterráneas sale a la superficie en forma de llamaradas de un azul muy tenue imposibles de distinguir a distancia y en pleno día. Por ello desde hace unos años se realizan excursiones que salen desde Banyuwangi a las doce de la noche y que antes de salir el sol ya han llegado al fondo del cráter, junto a las aguas del lago que llena su interior, para ver el famoso Fuego Azul que dio a conocer un reportaje de National Geographic. Cuando los mineros empiezan a llegar con el sol para trabajar, los turistas ya han vuelto a subir hasta el borde del cráter.

Los incansables mineros del azufre

Impertérritos ante los turistas y visitantes, los mineros del azufre siguen haciendo su trabajo. Cada día realizan varios descensos hacia el fondo del cráter para romper las deposiciones frescas de azufre que se acumulan junto a las fumarolas. Cerca del lago hay una grieta por la que se escapa el gas sulfuroso. Hace ya tiempo que se canalizó el gas a través de unas tuberías de cerámica que van enfriándolo de manera que se convierte en azufre líquido (de un rojo intenso) que al enfriarse aún más se convierte en roca de azufre (amarilla). Al pie del extremo de la tubería, donde se va formando la depositación, los mineros rompen la roca nueva con picos y varas de metal. Los grandes pedazos de roca los cargan en rústicas cestas de bambú en los dos extremos de una larga vara central y se la cargan a la espalda.
Cargado de azufre
Una carga típica pesa entre 75 y 90 kilos, y los mineros tienen que subirla primero hasta la cresta del volcán (300 metros de desnivel) y después bajarla a lo largo de los 3 km de pendiente de la falda del volcán hasta el aparcamiento. Cerca de allá, en un cuchitril que sirve de área de descanso, unas balanzas permiten pesar la carga y los mineros reciben su jornal. Por todo un día de ir arriba y abajo con la espalda cargada reciben unos 13 dólares, un sueldo bastante alto en Indonesia. Los mineros realizan el trabajo sin rechistar, sabiendo que están cobrando mucho más que sus familiares dedicados al cultivo del café o del clavo de olor. Y lo hacen rápido, porque también saben que este trabajo no les va a poder durar toda la vida. Tarde o temprano su salud se resentirá. Mientras cavan el azufre en el fondo de la caldera solo llevan un pañuelo en la boca y nariz para protegerse de los gases tóxicos; el enorme esfuerzo físico les destroza las rodillas; y el peso sobre la espalda les causa úlceras en la piel.
Bajando cargado del volcán
Pesando la carga
Los mineros del Ijen son héroes anónimos, pequeñas hormigas trabajadoras que, sin desfallecer un momento, se esfuerzan sin parar a pesar del ambiente infernal en el que laboran.
Por ello cuando se ve con qué afán trabajan y con qué obstinada abnegación extraen el azufre de las entrañas de la tierra, uno solo puede sentirse emocionado. Y más cuando a pesar del esfuerzo que realizan, aún son capaces de esbozar una ancha sonrisa que, abarcando todo el volcán de Kawah Ijen, dice sin palabras: “Bienvenidos a mi tierra!”.
La sonrisa del minero


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