14 ene. 2015

QUE VER EN NARBONA

A menos de cien kilómetros de la frontera con Cataluña, la ciudad de Narbonne está más cerca que nunca gracias a la conexión de tren RENFE-SNCF (ELIPSOS) que permite al visitante descubrir una población relajada con un largo pasado y un rico legado cultural.
Fueron los romanos quienes fundaron, en el 118 a.C., la colonia Narbo Martius que después pasaría a llamarse Narbona (Narbonne en francés).  
Aún puede verse parte del legado romano en el subsuelo de la ciudad en el museo del Horreum, que desde 1975 muestra a público los viejos almacenes metropolitanos donde se guardaba grano, aceite, vino e incluso armas, ya que en el siglo I a.C. la ciudad era un puesto fronterizo con la Galia independiente. Durante siglos estas bóvedas subterráneas (se encuentran a cinco metros bajo el suelo) sirvieron de excelentes cavas para guardar el vino.
Hay también evidencias romanas en la Place de l’Hôtel de la Ville, donde se descubrió un trozo de la Via Domitia, la carretera que unía Hispania con Italia. El tramo que se ve aquí es posterior al 10 a.C., fecha que se pudo determinar al encontrar una moneda bajo una de las piedras.
El trozo de calzada romana está a la vista contrastando en edad con otro de los grandes monumentos de la ciudad, el Palacio de los Arzobispos, formado por una parte románica y otra gótica unidas por el llamado Pasaje del Ancla y coronado por tres torres de varias épocas entre el siglo XIII y XIV: la Madeleine, la más vieja, la torre de San Marcial y la torre de Gilles-Aycellin. Desde el siglo XIX es la sede del ayuntamiento de Narbona. La Sala del Sínodo, a la que se accede por una escalera de 1628 es ancha y diáfana como pocas de su época.   
El Ancla a qué hace referencia el nombre del pasaje que separa el palacio viejo del nuevo está colgada bajo uno de los arcos, y simboliza el derecho que tenían los arzobispos sobre la pesca de la ciudad.
La Catedral de San Justo y San Pastor están a la vuelta, y fue iniciada en 1272 por el Papa Clemente IV, que había sido arzobispo en la ciudad y que mandó desde Roma la primera piedra que se usó en los cimientos de la construcción.
Uno de los iconos de la ciudad es el canal de la Robine, Patrimonio Mundial de la Unesco, que la cruza junto al barrio viejo y que conecta con el río Aude y que más allá conecta también con el canaldu Midi. Siempre se ven algunas barcas alargadas navegando tranquilamente las aguas del canal o amarradas al paseo para descansar y visitar la ciudad.
Justo delante del canal se encuentra otro icono, más moderno, de la ciudad. Es el mercado de Les Halles, construido en 1901, donde hay muchísima variedad de tiendas (muchas de ellas de delicatesen) e incluso bares y pequeños restaurantes donde comer.
Se puede picar algo en el mercado, pero para comer, el mejor sitio de Narbona es sin duda les GrandsBuffets, donde puede degustarse un menú de lujo por un precio muy económico. Podéis ver la reseña que hice del restaurante aquí.
Para conocer cómo llegar en tren, podéis leer la reseña que hice del viaje aquí.
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