6 feb. 2018

QUE VER EN RAGUSA (SICILIA, ITALIA)

Situada en el sureste de Sicilia, en el Val di Noto, Ragusa es una de las ciudades en estilo barroco que se reconstruyeron tras un desastroso terremoto en el siglo XVII. También forma parte de la Ruta Montalbano que resigue los pasos del personaje creado por Andrea Camilleri.  
QUE VER EN RAGUSA

Aquí te mostramos 

QUE VER EN RAGUSA, SICILIA

Desde el balcón de mi habitación, en el piso más elevado de un pequeño hotel en Ragusa, veía los tejados envejecidos que empezaban a iluminarse con una luz dorada que decoraba también las faldas boscosas de la montaña de enfrente, más allá del valle seco. Apenas eran las siete de la mañana, pero el día de finales de invierno empezaba ya con fuerza en ese pequeño rincón del sureste de Sicilia, en Italia.
Me vestí, desayuné y salí a la calle, con el paso decidido y repitiéndose en mi cabeza la banda sonora inicial, con vistas aéreas incluidas similares a las que acababa de ver, de la serie de televisión Comisario Montalbano, rodadas en la región. De hecho, había venido a Sicilia justamente para conocer la Ruta Montalbano, un conjunto de localizaciones unidas por el hecho de que figuran en la serie de TV o en los libros en la que se inspiró y que definen los lugares en los que actúa e investiga crímenes el comisario Salvo Montalbano, el entrañable policía que creó Andrea Camilleri inspirándose en su amigo, el catalán Manuel Vázquez Montalbán, el creador de Pepe Carvalho.
Me había leído algunas de sus más de veinte novelas publicadas, y creía conocer los métodos de investigación de Montalbano. Los pensaba utilizar no para estudiar un crimen, sino para desvelar un misterio: ¿Qué tenía de especial esa Ruta Montalbano para que mereciera viajar a Sicilia?

Sfilato siciliano

Empecé a andar por la Via del Mercato de Ragusa, la Montelusa de sus novelas, esperando llegar pronto a la plaza principal de Ragusa, pero no tardé en ser interceptado por una señora de una cincuentena que me interpeló desde su tienda, cinco metros por encima de mi cabeza, en la empinada escalera que se dirigía hacia el Palazzo Sortino Trono, un edificio barroco de finales del siglo XVIII que fue la primera muestra de la riqueza nobiliaria de la región que reconocí. La tienda se encontraba en la base del palacio, justo frente a la verja de hierro que le daba acceso. La mujer me esperaba fuera.
–Venga. Quiero enseñarle algo –me dijo sin demasiada ceremonia. Entré en la tienda, pequeña y de techo bajo. Estaba en los sótanos del palacio, posiblemente una antigua habitación para el almacenaje de mercancías, ahora trocado en taller de costura.
La mujer se llamaba Maria Guastella y era la última de las costureras de Ragusa que realizaba la complicada técnica del sfilato siciliano sobre tela. Pequeña, nerviosa y siempre con una sonrisa, Maria me enseñó algunos ejemplos de su arte, que se remontaba al siglo XIV y que se estaba extinguiendo en Sicilia.
–Aquí en Ragusa intentamos recuperarlo para que no se pierda. Es un trabajo muy pesado y laborioso, que demanda mucha paciencia.
Sfilato siciliano
El sfilato decora telas recortando algunos de los hilos en cuadrados para reforzarlos y ornamentarlos con bordados según una técnica muy complicada y totalmente manual. Me enseñó un babero para bebé, una de las piezas más pequeñas, que tenía un par de flores como toda decoración:
–Para hacer esta pieza se tardan tres días enteros. Tenemos un grupo de mujeres, todas jovencitas como yo –sonrió irónica–, que vienen a aprender cada día en nuestra tienda, y lo que producen lo ponemos a la venta para que los visitantes puedan llevarse a casa una muestra del arte siciliano.
Mientras hablaba, me imaginaba el grupo de mujeres en esa pequeña sala que me estaba enseñando, hablando entre hilaturas sobre los chismorreos de la calle, comentando los escándalos del momento o lamentándose de los decesos que se anunciaban con carteles pegados en las paredes. Supongo que, influenciado por las películas de El Padrino y las fotografías de Letizia Battaglia, me las imaginaba vestidas totalmente de negro, como viudas permanentes, pero pronto me daría cuenta de que toda esa niebla de prejuicios, todos esos estereotipos de la Mafia, se disolvían bajo el sol de la Sicilia moderna. El mismo empeño de la señora Maria en conservar la tradición del sfilato era una muestra de que los tiempos estaban cambiando, y que la Sicilia de antaño iba modificándose.

Iglesias de Ragusa

A veces, era la propia naturaleza la que actuaba como cambio. Me di cuenta de ello frente al portal de la antigua iglesia de San Giorgio Vecchio de Ibla. El portal, con sus arcos y un altorelieve en la luneta que representaba a San Jorge matando al dragón, había sido construido en estilo gótico catalán, puesto que en esos años Sicilia formaba parte del reino de Aragón con capital en Barcelona. Incluso se podían ver todavía el par de águilas que pertenecían al emblema del Reino de Sicilia, iniciado en 1282 con Pere III el Gran. De esa iglesia, sin embargo, el portal y el altar eran lo único que persistía. Y eran los únicos elementos góticos que se podían ver en toda Ragusa, una ciudad mayoritariamente construida en estilo barroco. 
Portal de la iglesia de San Giorgio Vecchio de Ibla

¿Cuál era la razón de esa singularidad? A Salvo Montalbano le hubiera gustado el reto de buscar la solución al enigma, pero lo hubiera tenido tan fácil como yo. Un cartel indicaba lo que había pasado: en 1693 un terrible terremoto sacudió todo el sureste de Sicilia. Varias ciudades de Val di Noto como Ragusa, Modica, Scicli y otras próximas quedaron totalmente arrasadas. La nobleza local latifundista, enriquecida por la productividad de los campos de Sicilia (que ya había sido considerada en anteriores siglos como el granero de Roma), decidió rehacer sus palacios e iglesias, y lo hizo en muy pocos años y en el estilo imperante en la época: el barroco. La ingente cantidad de obras y arquitectos en continuo trabajo cohesionó y transformó el estilo en el llamado barroco siciliano, en el que se destacan los detalles florales y rurales (que hacen referencia al origen de las riquezas) y las máscaras grotescas y niños alados (puttis) para sustentar los balcones. En 2002, esta profusión de edificios barrocos le valió a ocho ciudades de la zona de Val di Noto el hecho de ser inscritas dentro de la lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO por ser “representantes de la culminación y florecimiento final del arte barroco en Europa”.
Catedral de San Giorgio de Ragusa
Uno de los mejores ejemplos de esta arquitectura es la Catedral de San Giorgio, en la misma Ragusa, que fue diseñada en 1738 por el arquitecto siciliano Rosario Gagliardi. Su gran fachada está elevada sobre una majestuosa escalinata que la destaca aún más y la convierte en uno de los iconos de Ragusa. Elevándose hacia el cielo puro de Sicilia, una gran cúpula neoclásica corona la planta de cruz latina de la Catedral y la hace distinguible desde casi cualquier rincón de la ciudad. En la sacristía de la Catedral se guarda también lo que queda del altar gótico de San Giorgio Vecchio, una obra de 1450 realizada por la familia Gagini y que da muestra del valor que tuvo la vieja iglesia destruida por el terremoto. En el Museo del Duomo adjunto se encuentran varios objetos arqueológicos y sacros de la ciudad, pero en especial destacan los planos que Gagliardi dibujó para la construcción de la catedral. Varias de las imágenes muestran a San Jorge matando el dragón. Como santo patrón de la ciudad es venerado especialmente durante su fiesta, el 23 de abril, que en Ragusa dura 3 días. Entonces, la figura de madera policromada que se encuentra sobre uno de los portales de entrada de la Catedral es paseada por la ciudad en procesión por cofradías de hombres.
Duomo di San Giorgio de Ragusa
–Es un trabajo muy duro –me dijo Carmelo Massari. Alto, corpulento y con un bigote al estilo galo, parecía una versión siciliana de Obélix, pero si decía que transportar la figura era duro es que debía de serlo. La estatua pesa varios centenares de quilos y es por ello que las cofradías se turnan para transportarla. Carmelo era uno de los miembros destacados de la Associazione Portatori San Giorgio Martire “Don Peppino Firrincieli” de Ragusa.
Hablamos en su negocio, el Antico Forno San Giorgio, una pequeña panadería cercana a la catedral que regenta con su esposa. Aquí servían varios de los tradicionales panes dulces y salados de Ragusa: arancine, impanate y focaccie rellenos de caciocavallo ragusano, un delicioso queso salado con denominación de origen. Aproveché para hacer una rápida comida mientras seguía con mis pesquisas. Entre bocado y bocado escuchaba a Massari relatar lo complejo de la ceremonia y lo difícil de algunos de sus pasos, especialmente el descenso de los escalones de la gran escalinata, cuando las puertas principales de la catedral se abren para la ocasión.
Carmelo Massari y su mujer en el Antico Forno San Giorgio

Ragusa aristócrata

Vi una foto de esa misma escalera, pero más de cien años antes, en una de las estancias del PalazzoArezzo di Trifiletti. Entré ahí invitado por su propietario, Domenico Arezzo, el último descendiente de una familia noble, que me recibió junto a la escalinata de entrada, bajo un elegante arco de piedra negra. Se dice que en la Sicilia del siglo XVII había más aristócratas por metro cuadrado que en cualquier otro país, con más de 228 familias nobles. Varias de ellas habitaban Ragusa, y lo hacían en palacios nobles que se reconstruyeron después del terremoto. El palacio de los Arezzo di Trifiletti no es quizá el que tenga la fachada más bonita de todo Ragusa, pero sí el que tiene las vistas más bonitas. Me las enseñó el propietario, que no resultó ser el estirado y esnob aristócrata que esperaba encontrar visitando un palacio, sino un afable y entusiasta hombre de negocios que, en sus cuarenta, se dedicaba a cuidar del palacio familiar con ingenio y humor.
Salón del Palacio Arezzo di Trifiletti
–En las estancias de palacio –me dijo– se entra por al Hall, con cuadros de los ancestros colgados de las paredes empapeladas. Yo y mi hermana tenemos nuestras fotos en la sala de al lado. Y espero que siga así durante muchos años, porque en el Hall solo están los cuadros de los que ya han muerto –añadió con una sonrisa burlona.
El cuadro más importante es el del Barón Carmelo Arezzo, quien compró el palacio en 1850 para establecerse en Ragusa.
–Desde entonces mi familia ha vivido siempre aquí –me dijo Domenico–. Con el paso de los años, sin embargo, la mayor parte de las habitaciones del palacio ya no se usaban. Las abríamos solo para Navidad y San Jorge, las dos grandes fiestas del año.
Capilla del Salón del Palacio Arezzo di Trifiletti

Desde hace unos años, sin embargo, abren cada día. Las magníficas salas decoradas del palacio y sobre todo las vistas sobre la Piazza del Duomo y de la Catedral de San Giorgio la convierten en un escenario ideal para la celebración de eventos de todo tipo, desde exposiciones a catas de vinos, encuentros empresariales, cenas o aperitivos.
–Es una forma de generar suficientes ingresos como para poder pagar los costes del mantenimiento –me confesó Domenico– y ello nos permite mostrar al público con satisfacción nuestro patrimonio.
Colgada en una pared vi la foto en blanco y negro de las vistas de la plaza desde el mismo balcón en el que me encontraba contemplando la Catedral, más allá de la plaza. Su escalinata aún no tenía la verja que la protege, ya que la foto fue tomada en 1887, años antes de que se instalara. En ella se veía la plaza entera llena de hombres trajeados, la mayoría con sombrero, vestidos de negro y mirando hacia el centro de la plaza, donde la escultura de San Jorge en su parihuela trotaba sobre los hombros de una congregación. Solo se veían hombres. Las mujeres, en esa época, no podían estar presentes en los festejos públicos. “Tenían que permanecer en casa cocinando y cosiendo”, me confirmó Domenico, avergonzado por el comportamiento machista de sus antepasados.
Plaza del Duomo de Ragusa
Esa época ha pasado ya, y ahora las mujeres sí pueden asistir a la fiesta. Los tiempos han cambiado, y la mujer siciliana ocupa todos los estamentos de la sociedad de la isla. En la Universidad de Catania, con una sede en Ragusa, la mayoría de las estudiantes son mujeres, especialmente en la Facultad de Lenguas y Literatura Extranjera. Conocí a una de sus profesoras, Rossella Liuzzo, una elegante venezolana que regresó a la patria de sus abuelos para enseñar literatura española. Rossella combinaba la enseñanza con la traducción y la creación poética, y a pesar de querer con locura a esta ciudad, tenía sentimientos contrapuestos respecto al turismo y al negocio que había tras él: “somos una máquina de hacer turismo y dinero” me comentaba, pero Ragusa es también algo más, “especialmente para sus estudiantes. Me gusta pensar que es un lugar donde hay quienes tratan día a día de educar las inteligencias y los corazones; donde hay gente que observa y lee las experiencias de los otros seres humanos con atención, pasión y mucho, mucho respeto”.
Para educar las inteligencias y los corazones, además de la reciente Universidad, en Ragusa existía ya desde 1850 otro lugar icónico: el Circolo di Conversazione, un club privado con sede frente al Palazzo Arezzo di Trifiletti donde los hombres elegantes de la ciudad se reunían para leer, jugar a cartas y conversar. Lo fundaron dieciocho socios iniciales al estilo de los clubs londinenses, la mayoría de ellos pertenecientes a la nobleza, y sus herederos conservan la facultad de entrar como socios en el Circolo sin necesidad de respaldo, cosa que sí necesita alguien foráneo. No fue hasta 1974 que se permitió la entrada a las mujeres, pero desde entonces son bastantes entre los 150 socios, que se reúnen cada tarde en las varias salas del edificio neoclásico, decorado de esfinges y cuya sala mayor es una de las más elegantes de la ciudad. Rodeada de espejos que la magnifican, con un techo abovedado y pintado con alegorías, refleja los intereses de la sociedad con los retratos de cuatro grandes personajes italianos en las diferentes artes pintados en cada esquina: Dante, Michelangelo, Galileo y Vincenzo Bellini, el gran compositor siciliano.
Circolo di Conversazione de Ragusa
Interior del Circolo di Conversazione de Ragusa

Algunas de las obras de Bellini, el mayor compositor de ópera siciliano, autor de piezas tan famosas como Norma, La sonnambula o I Puritani, sonaron sin duda en el Teatro Donnafugata, un pequeño teatro privado que se hicieron construir los barones de Donnafugata en su residencia familiar de Ragusa, el palacio de los Arezzo de Spuches. El teatro ocupa lo que habían sido los sótanos abovedados del palacio, donde tradicionalmente se guardaba el grano y el aceite, y demuestra hasta qué punto la nobleza enriquecida de la ciudad podía sufragar todos sus antojos. El teatro, con cabida para más de cien personas, servía solo para las funciones privadas del rico propietario, que accedía a su palco presidencial desde los pisos superiores a través de una escalera disimulada. Desde el año 2000 se abrió al público para la representación de obras de pequeño formato: ahora el patrimonio siciliano se comparte al público.   
Palacio de los Arezzo de Spuches
Teatro Donnafugata

Vi también otro ejemplo de la recuperación histórica del arte siciliano en Rosso Cinabro, el taller de los pintores Biagio Castilleti y Damiano Rotella. Vestidos con ropas del siglo XIX, tocados con boina bohemia y armados con paleta y pinceles se dedicaban a restaurar un típico carretto siciliano para un propietario que quería usarlo para anuncios de televisión y bodas. Increíblemente decorados con escultura y pintura, los carros sicilianos de madera fueron usados durante todo el siglo XIX y hasta mediados del XX. En una sociedad todavía analfabeta, sus elaborados dibujos contaban historias y leyendas fáciles de reconocer que se propagaban por los caminos tortuosos que conectaban las ciudades. Un solo burro tiraba del carro, que se usaba para el transporte de personas. En los años 1920 llegaron a haber miles en la isla, pero la llegada del automóvil, el desuso y el paso del tiempo terminaron relegándolos al olvido, hasta que, desde hace pocos años, se están recuperando especialmente para celebraciones y como espectáculo visual. Forman parte, como los edificios barrocos, de un rico pasado que dejó una huella perenne en Ragusa.
Rosso Cinabro
Carro siciliano

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Este post fue publicado como artículo de viajes en el número de mayo de la revista Magellan y fue posible gracias a SudTourism e Ibla Resort.










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En el programa La Buena Tarde de RTPA hablamos de Ragusa. Puedes escuchar el programa presionando aquí.     
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